Tag Archives: José Saramago

Dos y lo mismo

29 Jun

Nada más difícil que escribir sobre una obra que provoca nada más que admiración. ¿Cómo atreverse a comentar lo que por sí mismo habla y se legitima? Así me encuentro frente a la pantalla en blanco, intentando dar forma a mi opinión sobre El hombre duplicado (2002) del escritor portugués José Saramago, Nobel incluido.

Tertuliano Máximo Afonso, ¿el? protagonista de la novela, se encuentra con que existe un actor que es su exacto duplicado, hasta en las cicatrices que porta en su brazo y rodilla. A partir de ahí, comienza la búsqueda de ese otro que es él mismo y la trama toma un divertido cariz detectivesco.

La investigación de Tertuliano es, quizá, lo que agiliza más el relato. Tras ver a su duplicado en un film que le recomienda un colega, la primera parte discurre con toda la agilidad que el estilo del escritor permite en esta búsqueda. Una de las estrategias discursivas que más disfruté fue la irrupción de la voz del narrador exponiendo el carácter ficcional de la historia, aclarando que él ya sabe cómo termina, pero sin dejar de mantener el contrato de lectura. Sin embargo, en algunos pasajes más intrigantes, reconozco que sentí ganas de callar esa voz disruptiva.

Saramago tiene la peculiaridad de romper con las convenciones de escritura: la escasez de puntos y aparte, la desaparición en párrafos eternos de las líneas de diálogo y una cadencia lenta hacen que la lectura deba ser, por obligación y por necesidad, a conciencia. Regresando a las oraciones una y otra vez, examinando los sintagmas, descubriendo en esa ruptura metalingüística cuestionamientos profundos y filosóficos sobre la vida y sus facetas: el amor, la profesión, el humor, la identidad y, por debajo de todas estas preguntas, la más intrigante: ¿qué es lo real?

Este autor no es un tipo fácil, es posible que más de una vez sientan que un libro no merece tanto esfuerzo. Quizás hay que tener cierto entrenamiento y haber pasado por volúmenes de complejidad menor hasta llegar a él. No obstante, en esta, una de sus mejores novelas, vale la pena dar un salto de fe.

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13 de junio: Día del Escritor

13 Jun

Hoy, 13 de junio, se conmemora el Día del Escritor, en honor al natalicio de Leopoldo Lugones, uno de los fundadores del Olimpo literario argentino o también conocido como Sociedad Argentina de Escritores (SADE), entidad que decidió conmemorar esta fecha en honor a su primer presidente. Como no leí nada de Lugones (y si leí algo, no me acuerdo), paso a hacer un racconto de los libros que disfruté.

 En primer lugar, mi favorito de todos los tiempos: Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez. Recuerdo haber tenido que plantear un croquis con el árbol genealógico de la familia Buendía, al mismo tiempo que evoco una emoción de otro planeta mientras estaba aplastada en la cama con el libro sobre mis narices, devorando la historia en tiempo récord. De alguna manera, lo recuerdo como un debut en el mundo de la literatura adulta. No porque no hubiera leído antes títulos de similar clasificación, sino más bien una convicción, un sentimiento, un rito de pasaje que se efectivizó atravesado por el realismo mágico.

 Otra obra a la que dediqué sentadas interminables fue la trilogía Millenium (2005. 2006. 2007) de Stieg Larsson. Tuve el primer tomo descansando en la biblioteca durante varios meses, alternando entre el cine y otras piezas literarias, hasta que lo redescubrí ahí solitario y le di de un tirón. La saga que tiene a los dos protagonistas más disimiles que recuerdo, es atractiva y fácil de leer. Toma lugar en Suecia, país del que desconozco bastante, y está llena de intrigas y misterios políticos que impiden despegar los largos libros de las manos. Cada pieza tiene más de seiscientas páginas, sin embargo, se leen sin dificultades.

 No tanto como La misteriosa llama de la reina Loana (2004) de Umberto Eco, que anda por las cuatrocientas, tiene múltiples ilustraciones y resulta mucho más pesado de leer. Allí se plantea el recorrido por la memoria de Giambatista Yambo Bodoni, perdida tras un accidente cerebrovascular y reconstruida a través de las revistas y libros que encuentra en su casa de veraneo en Solana. Hace honor a la profesión de su autor, semiólogo reconocido internacionalmente, desmenuzando, interpretando y reconstruyendo el pasado del protagonista, a la vez que una lección de historia. Es probable que debido a la distancia temporal entre Eco y yo que no pude conectarme del todo con el relato. Sin embargo, resulta interesante y para la comunicadora que hay en mí fue satisfactorio.

 Y ni hablar de La caverna (2000) del genial e inefable José Saramago. En algunos pasajes del libro, me pregunté si realmente estaba leyendo en castellano, porque reconocía las palabras, el orden sintagmático, sabía que estaba leyendo, pero no había caso, el párrafo o la frase exigían una segunda, tercera o cuarta lectura. No obstante, un libro brillante. Controversial uso de la gramática, un planteo filosófico que se escurre en una historia común y ¿qué puedo agregar? El placer tortuoso de leer a Saramago investigar con un argumento y unos personajes que de ordinario tienen todo y nada, bien vale pagarlo con MasterCard.

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