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Debut oriental: Tokio Blues (Norwegian Wood) de Haruki Murakami

15 Ago

¿Cómo no leer con ilusión un libro que encierra entre paréntesis una de mis canciones favoritas de una de mis bandas favoritas? Pese a que mi experiencia con el Lejano Oriente en cuestiones de arte es prácticamente nula (el cine no me gusta, en literatura sólo leí a Kenzaburo Oè) o bien mediatizada por expatriados como Lisa See, me metí de cabeza en Tokio Blues (1987) de Haruki Murakami, el autor que hace furor entre los adultos jóvenes de todo el mundo.

Los grandes temas que trata el libro son la pérdida y la sexualidad, experimentados desde la narración del protagonista, Toru Watanabe. Empieza con un flashback, donde un Watanabe adulto oye en un avión Norwegian Wood (de los Beatles, por si algún perdido no conoce este maravilloso tema), a partir del que comienza a recordar su juventud y las personas que formaron parte de esa etapa de su vida. Ambientada en los años sesenta, la acción tiene de fondo un Japón en el que los estudiantes japoneses se levantan contra el orden establecido.

Pero no Watanabe, quien considera que ese movimiento rebelde es pusilánime e idiota. El protagonista recuerda un poco a Holden Caulfield, su par de El guardián entre el centeno (1951) escrita por J. D. Sallinger. De hecho, el furor que Tokio causó entre los jóvenes japoneses es similar al revuelo que provocó entre los norteamericanos. Las similaritudes, aunque las historias son radicalmente diferentes, pasan más bien por la forma en que enfrentan a la sociedad, a lo establecido y la compulsión que tienen a preservar a las personas bellas. Como Naoko, su amiga de la adolescencia, quien tiene problemas psicológicos y de adaptación y novia de su mejor amigo, Kizuki, quien se suicidó sin dejar ninguna explicación a los 17 años.

Como decía al principio, la pérdida, la muerte, es uno de los grandes temas del libro. El suicidio en edades tempranas es una causa de deceso muy común en el país y quizás eso haya motivado a Murakami a relatar la experiencia de los que sobreviven a sus pares. No se trata sólo del paso a la vida adulta, sino de la madurez que aparece luego de transitar el largo y difícil camino del duelo. A este crecimiento del personaje se le suma una capacidad sensitiva estremecedora, ya sea que se demuestre a través de empatía con otros personajes o bien en la percepción del mundo que lo rodea. Todo teñido por el color de la tristeza, que no se cura ni se marcha, se sobrelleva lo mejor que se puede.

La sexualidad, la segunda columna de la arquitectura de la novela, se expresa a través del deseo juvenil masculino y una cierta subrogación del rol femenino, cosificado, siendo el objetivo de satisfacer al hombre lo principal y hecho hábito por las protagonistas mismas. Naoko ocupa este lugar fehacientemente pero es Midori, la compañera de universidad de Watanabe, quien lo desestabiliza a través de su discurso procaz y actitud desafiante. Como dice en la página 232: “Pero, aunque sea una vez, ¿me incluirás a mí en tus fantasías sexuales o en tus obsesiones? Me gustaría aparecer. Te lo pido como amiga. ¡Vamos! Esto a otro no se lo pediría. Esta noche, cuando te masturbes, piensa en mí. No puedo decírselo a cualquiera. Pero tú eres un amigo. Y luego quiero que me cuentes cómo ha ido. Pero nada de penetración, ¿eh? Somos amigos”.

Claro que esta cita no es toda la novela, no cubre más que la superficie de un personaje de esos que se adoran o se odian, como es Midori. Creo que no es fácil reseñar o recomendar la lectura de este título. La calidad de la escritura es impecable y pasa de la tinta y el papel a experimentarse en la piel, en el medio del pecho, en la boca del estómago. Pienso que lo disfrutarían los melancólicos, los que han perdido a alguien o algo, los nostálgicos, los que tengan la capacidad de sumergirse en la lectura como si estuvieran ellos mismos protagonizando la historia.

Una cavilación sobre los vampiros que brillan

21 Jul

La saga Crepúsculo (2005) de la escritora norteamericana Stephenie Meyer es, sin lugar a dudas, la historia de vampiros más resistida de la historia y, a la vez, la más amada por los adolescentes alrededor del mundo. No sólo ha sido un producto editorial de éxito rotundo a nivel global, sino también dio lugar a una franquicia cinematográfica que elevó al estrellato a los jóvenes Kirsten Stewart, Robert Pattinson y Taylor Lautner.

Escenario de antagonismos entre hombres lobo y vampiros, el acento suele posarse en el hecho de que la autora reinventó el mito del Conde Drácula y es, quizás, su mayor atributo. Porque ya no hay ataúdes para escapar a la luz del día, ni ristras de ajo, ni crucifijos. Los vampiros de Meyer no duermen, tienen cuerpos duros, ágiles y atléticos, se alimentan de sangre de animales para no matar (los buenos, al menos) e incluso tienen trabajos y asisten a la escuela donde se produce el encuentro entre Bella y Edward. Ah, y brillan. Sí, cuando la piel refleja la luz solar, se convierte en una superficie cubierta de glitter, cual jovencita bolichera.

Para los amantes del subgénero vampírico, la transgresión ha sido superlativa. Del Drácula original de Bram Stocker al Lestat de Anne Rice, la distancia no es tan grave ni ominosa. Los vampiros, en el imaginario, son una especie seductora, pero vil. Representan la manzana prohibida que ilustra la tapa del primer libro de la saga, sin embargo, jamás se los presenta como los buenos de la película (a excepción del joven Louis, de Anne Rice, y con reservas). Después de todo, están muertos y sedientos de sangre. ¿No? Pero los Cullen –la familia de Edward– son buena gente, los malos son otros, los de la mafia vampírica italiana y así se construye la retórica del bien y del mal, más allá de las tribulaciones de una apática Bella sobre si convertirse en inmortal por su amado o no.

Controversial, así dije en un principio. Literatura barata, masiva, con un formato bastante estandarizado y volúmenes gordos en cada secuela como para que se sigan llenando las arcas. Ahora me pregunto: ¿qué tanto daño hace Crepúsculo a la literatura y a los adolescentes? Pienso que una obra que acerca a los jóvenes a la lectura, aunque el material no sea el mejor, es positiva. Más aún teniendo en cuenta que los adolescentes hoy no son propensos a este placer que no sólo es bello, sino edificante y educativo. ¿Cómo se puede educar con literatura de masas? Estimula el pensamiento, la memoria, se internalizan normas gramaticales y ayuda a mejorar la concentración. En estos momentos donde lo preeminente es el hipertexto, la linealidad de la experiencia lectora explota una capacidad que no es muy estimulada hoy.

Los cuatro libros que forman la serie no son, por sí mismos, un ejemplo a seguir ni el puntapié ideal para activar el motor lector. No obstante, abren el panorama y la posibilidad de otras historias de germinar entre el público adolescente. Así, productos como Los juegos del hambre (2008) pueden meterse en la cola del cometa que deja Meyer y, ya con un contenido más politizado y complejo, insertarse en una audiencia difícil de captar y dar continuidad entre los más jóvenes al hermoso hábito de la lectura.

Setenta acrílico treinta lana (2011)

2 Jun

El debut editorial de la veinteañera Viola di Grado no resulta fácil de valorar. La opinión de la crítica es unánime: impresionante ópera prima, increíble que la autora sea tan joven, la lírica es espectacular, etcétera, etcétera, etcétera. En mi caso, una lectora cualquiera, no me es tan sencillo llegar a una conclusión al respecto.

Mi primer encuentro con Viola fue a través de una nota en la revista La Nación, donde destacaban su juventud y majestuoso nivel, siempre valorado por sus cortos veintitrés años. El segundo, motivado por la recomendación de una amiga, casi obsesiva, destacando la oscuridad del relato, la obsesión de la protagonista, su prosa.

Entonces, lo compré.

Libro de bondi, sin dudas. Todos los días en el regreso a casa durante una semana, lo abrí, lo leí, me empapé de su destructiva personalidad y, en principio, me sentí identificada con su situación precaria. En realidad, con su interpretación de lo que rodeaba su vida, como si compartiéramos un mecanismo psicológico de enfrentarse a la realidad.

El consumo, los pares, la familia, los diferentes roles que debe representar un joven en la sociedad actual, la mediocridad (ese setenta acrílico tan áspero), la imposibilidad de acceder a donde uno debería estar porque el contexto no ayuda, todos aspectos tematizados de forma en la que yo me pude sentir a la par de Camelia, la protagonista.

Sin embargo, a medida que avanzó el relato, algo falló y la conexión quedó inextricablemente rota. En mi opinión, la espiral autodestructiva de Camelia fue demasiado lejos, alimentada por un constante resentimiento y su incapacidad de procesar y transformar lo que le tocó en la vida. Más allá de la fantasía literaria que obliga el acontecimiento de sucesos extraordinarios, puede ser la historia de muchos de nosotros.

Punto a favor, el estilo de Viola Di Grado, caracterizado por ella como surrealismo hiperrealista, engancha, no hay dudas. Excelente uso de las metáforas, frases memorables y que obligan a reflexionar, una historia que no deja de correr mientras las descripciones son profundas, crueles y descarnadas. Hay chances de que reincida en obras de esta autora. Después de todo, es joven y, por lo tanto, próxima al universo cultural en el que yo misma crecí, aunque distante en su ubicación espacial. Si hay algo que caracteriza a esta época, es que el espíritu global asimila las historias de los que crecimos en ella y, por alguno de sus puntos, nos hermana.

Una última nota. El final se anuncia en la contratapa del libro como sorprendente. Voy a ponerme en la piel de Sheldon Cooper por un momento y decir: “Excuse me, spoiler alert!”, ya está, me arruinaron el final con el anuncio de lo impredecible, bien ahí, todo el libro esperando lo sorprendente para llegar a un final que… bueno, no me shockeó, porque no podía terminar de otro modo.

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