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Érase una vez un eBook: de cómo empecé a usar el iPad para leer

8 Ago

Confieso que he sido una ferviente opositora a la lectura digital durante mucho tiempo. Alguna que otra vez, bajé algún PDF de alguna biblioteca virtual, pero la resistencia no cedía demasiado y me costó adaptarme a la lectura en pantalla. Está claro que no es lo mismo leer en el monitor que en un libro de papel ni tampoco que hacerlo en un dispositivo como el IPad o el Kindle.

La computadora (por más que sea portátil) tiene un formato demasiado grande, la posición de lectura es incómoda y el scroll no evoca de ningún modo la experiencia tradicional. Así y todo, en momentos ociosos de la jornada laboral, leí algún que otro clásico y, más adelante, incursioné en la lectura de volúmenes no publicados aún en la Argentina, como los distintos tomos de Canción de hielo y fuego.

En este recorrido literario, se sumaron varios motivos para considerar la compra de un lector electrónico. En primer lugar, los títulos que por alguna razón no se editaron en mi país. En segundo, los agotados que no cuentan con reimpresión y que es muy fácil conseguir en Internet. Por último, el precio en constante alza de los libros en papel, cosa que dificulta mantener el ritmo lector y el bolsillo abultado.

Así que empecé a considerar la compra de algo que sirva para leer eBooks. ¡Todo un aprendizaje! Primero lo primero, un PDF no es un ebook. Hay un formato específico que se llama ePub, que tiene funciones que lo acercan a un libro real tuneado. Posee una tabla de contenidos interactiva, señalador, la posibilidad de subrayar y de tomar notas… ¡Un espectáculo!

Pero… ¿Lograría emular a un libro impreso con eficacia?

El segundo paso fue investigar sobre el dispositivo en sí. ¿Kindle (y sus semejantes) o IPad? El Kindle, producto de Amazon, tiene ventaja por el lado del precio, ya que se vende al costo porque obtienen las regalías de la venta de títulos a través del sitio y su marca registrada: la tinta electrónica, una tecnología que crea un contraste muy parecido al papel. Sin embargo, su funcionalidad es limitada en lo que respecta a una tablet de la manzanita.

El IPad es, básicamente, un dispositivo para hacer prácticamente todo lo que se hace en una computadora, pero de tamaño reducido y, en consecuencia, mayor portabilidad. No fue pensado para la lectura, sino que tiene la posibilidad de convertirse –por el tiempo que se desee– en un reader. Y en uno muy confiable que poco tiene que envidiar a sus compañeros dedicados. La pantalla Retina Display del Nuevo IPad es una maravilla de colores y alta definición, en la AppStore se pueden encontrar aplicaciones para cualquier cosa imaginable, además de navegar por Internet, recibir mails e interactuar en redes sociales.

La diversidad de usos volcó mi inclinación natural hacia productos Apple y caí en la tentación de morder la manzana. Así, comencé a usar el iBooks donde a todas las facilidades que brinda el formato ePub, se le agrega el ajuste del brillo, tamaño de fuente, el tema (blanco y negro, sepia y modo nocturno), buscar palabras en el diccionario o en la web e incluso utilizar VoiceOver para que el iPad te lea a vos. En toda esta loa, la única crítica que puedo detectar es el peso de la tableta que puede resultar incómodo. Sin embargo, para alguien que se leyó los cinco tomos de la saga de George R. R. Martin y hasta llegó a pasear con Millenium de Stieg Larssen en la cartera, no es una contra muy dramática.

Hasta el momento, leí completos Danza con dragones de George R. R. Martin y Tokio Blues de Haruki Murakami (revisión pendiente). Ahora, voy con La chica mecánica de de Paolo Bacigalupi. Ya se trate de novelas cortas o largas, el iPad ha resultado una muy buena elección de lector digital. Eso sí, de dejar de comprar libros tradicionales, ni hablar. Mi afán de coleccionista no ceja en su ímpetu bajo ningún aspecto.

13 de junio: Día del Escritor

13 Jun

Hoy, 13 de junio, se conmemora el Día del Escritor, en honor al natalicio de Leopoldo Lugones, uno de los fundadores del Olimpo literario argentino o también conocido como Sociedad Argentina de Escritores (SADE), entidad que decidió conmemorar esta fecha en honor a su primer presidente. Como no leí nada de Lugones (y si leí algo, no me acuerdo), paso a hacer un racconto de los libros que disfruté.

 En primer lugar, mi favorito de todos los tiempos: Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez. Recuerdo haber tenido que plantear un croquis con el árbol genealógico de la familia Buendía, al mismo tiempo que evoco una emoción de otro planeta mientras estaba aplastada en la cama con el libro sobre mis narices, devorando la historia en tiempo récord. De alguna manera, lo recuerdo como un debut en el mundo de la literatura adulta. No porque no hubiera leído antes títulos de similar clasificación, sino más bien una convicción, un sentimiento, un rito de pasaje que se efectivizó atravesado por el realismo mágico.

 Otra obra a la que dediqué sentadas interminables fue la trilogía Millenium (2005. 2006. 2007) de Stieg Larsson. Tuve el primer tomo descansando en la biblioteca durante varios meses, alternando entre el cine y otras piezas literarias, hasta que lo redescubrí ahí solitario y le di de un tirón. La saga que tiene a los dos protagonistas más disimiles que recuerdo, es atractiva y fácil de leer. Toma lugar en Suecia, país del que desconozco bastante, y está llena de intrigas y misterios políticos que impiden despegar los largos libros de las manos. Cada pieza tiene más de seiscientas páginas, sin embargo, se leen sin dificultades.

 No tanto como La misteriosa llama de la reina Loana (2004) de Umberto Eco, que anda por las cuatrocientas, tiene múltiples ilustraciones y resulta mucho más pesado de leer. Allí se plantea el recorrido por la memoria de Giambatista Yambo Bodoni, perdida tras un accidente cerebrovascular y reconstruida a través de las revistas y libros que encuentra en su casa de veraneo en Solana. Hace honor a la profesión de su autor, semiólogo reconocido internacionalmente, desmenuzando, interpretando y reconstruyendo el pasado del protagonista, a la vez que una lección de historia. Es probable que debido a la distancia temporal entre Eco y yo que no pude conectarme del todo con el relato. Sin embargo, resulta interesante y para la comunicadora que hay en mí fue satisfactorio.

 Y ni hablar de La caverna (2000) del genial e inefable José Saramago. En algunos pasajes del libro, me pregunté si realmente estaba leyendo en castellano, porque reconocía las palabras, el orden sintagmático, sabía que estaba leyendo, pero no había caso, el párrafo o la frase exigían una segunda, tercera o cuarta lectura. No obstante, un libro brillante. Controversial uso de la gramática, un planteo filosófico que se escurre en una historia común y ¿qué puedo agregar? El placer tortuoso de leer a Saramago investigar con un argumento y unos personajes que de ordinario tienen todo y nada, bien vale pagarlo con MasterCard.

Alfredo, el peruano que no es el escribidor

10 Jun Lectura (Julieta Mancuso 2009)

Cuando mi mamá trabajaba en el Microcentro, tenía la genial manía de ir a las librerías de la avenida Corrientes a hurgar en las mesas y hallar, con su inefable olfato, joyitas literarias a precio de bolsillo. Siempre me sorprendió esa capacidad tan suya de hacer rendir el peso, cosa que hasta hoy no puedo emular del todo.

La historia es que de esas mesas de saldos de librerías en constante amenaza de “liquidación por cierre”, salió la fantástica novela Un mundo para Julius (1970) del escritor limeño Alfredo Bryce Echenique. Confieso que le tenía algo de idea, mi madre hablaba maravillas sobre el sentido del humor del libro, pero estaba en una etapa europea de lectura, al tiempo que más científico-social y, eso, elitista del subdesarrollo.

La cosa es que en algún momento me metí en ese mundo reservado para Julius y me dieron ganas de decirle: “Ey, Alfredo, ¿no me inventás un mundo para mí?”. Pasó el tiempo, bajó el eurocentrismo literario y me topé con  El huerto de mi amada (2002), obra excelentemente escrita, pero con personajes no tan entrañables y una historia que me recordó de mal agrado a Elogio de la madrastra (1988), del peruano que sí es escribidor. Así que para amigarme con Bryce me agarré los dos tomos de sus Antimemorias y a ver si lo puedo poner en mi podio de favoritos.

Tengo que aclarar que cuando leo, no sólo me concentro en la historia sino en la forma que está contada, esa increíble distancia entre los que son brillantes y yo. Esos tipos y tipas que agarran el mismísimo idioma que hablo a diario y lo convierten en una especie de lingote de oro, frente a mis baratijas de bronce y chapita. En fin, que cuando agarré Permiso para vivir (1993), empecé súper contenta y me desinflé a lo largo del camino y terminar Permiso para sentir (2005) fue un suplicio. No una desilusión de la forma, sino del contenido, que tampoco era feo ni aburrido, sino lejano a mis expectativas.

Una cree que, con los años, las caídas más o menos ruidosas de referentes periodísticos, musicales, artísticos, políticos, futbolísticos y demás focos que uno se pueda inventar, van a ser menos dolorosas y más cínicas. No obstante, debo decir que Alfredo me dio un poco de pena.  No sé qué esperaba, pero más allá de que se trata de un borracho con un problema de timidez grandísimo, quizás hasta ataques de pánico y, con seguridad, depresión; me dio la sensación de que todo en los dos volúmenes se reduce a decir de qué personaje célebre es o fue amigo y a qué chica linda conquistó.

Con este sabor rancio, hice lo que cualquier humano mediatizado haría: lo googleé. Y, ¡Madonna! ¿Por qué lo hice? Lo más valioso que encontré ahí fue que lo condenaron por el plagio de 16 artículos periodísticos y tuvo que pagar la friolera de 42 mil euros. También que en otra ocasión lo enjuiciaron por el mismo temita, pero desestimaron los cargos. Cuánta pena, Alfredo…

Aún así, fui hasta El Ateneo-Grand Splendid, y quise comprar alguna de sus viejas novelas tan aclamadas por la crítica como La vida exagerada de Martín Romaña (1981) o Tantas veces Pedro (1977). Y estaban a-go-ta-das. Sí , señores, porque capaz que no se le dan bien las notitas periodísticas, pero lo que es andar contando y enmarañando una historia por más de 300 páginas, el tipo es original y divertido. No por nada, y pese a todo, es el autor peruano más leído de la actualidad. Y eso que no tiene un Nobel.

¿Qué voy a encontrar en la biblioteca?

25 May

Hace tiempo que deseaba escribir acerca de mis lecturas. Pienso que hacerlo es una forma de socializar una experiencia que ocupa gran parte de mis ratos libres. Sin embargo, la pregunta más importante no encontraba su respuesta: ¿qué voy a escribir?

En este espacio, no van a encontrar críticas literarias ni resúmenes argumentales. Bueno, probablemente encuentren algo de eso, pero enmarcado por mi vivencia personal de las obras que leo. Será fundamental comprender los artículos desde ese lugar, tan ligado al contexto y a la subjetividad. Para análisis pretendidamente objetivos, existen las críticas en revistas especializadas y domingueras, en diarios, en los sitios de las librerías, en la contratapa de los libros mencionados.

No soy una especialista, a menos que me convierta en ello por acumular en mi lista de leídos cientos de títulos, ese no es el lugar desde el que escribo. Aún así, es inevitable que mi formación universitaria atraviese los artículos y cierta crítica academicista se filtre en lo que nace como un blog personal. En ese marco desde el que articulo mi relato, también coexiste mi vida como argentina suburbana de una gran urbe (un trabalenguas discursivo con su correlato punto a punto con la experiencia), mi rol de hija, de hermana menor, de amiga.

Lo más importante es que mi opinión no es más que… una opinión. Un punto de vista que puede ser contestado, examinado críticamente por otros, pero que siempre será mi lugar y que por eso es correcto, como lo será el de cualquier otro que pase por aquí y comparta su experiencia. No es ciencia, no hay un método incuestionable que legitime el discurso. Hay vida y eso es lo trascendente.

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