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Una épica impecable de un autor novato

31 Ago

Bajo el nombre de Crónica del asesino de reyes, el escritor norteamericano Patrick Rothfuss debutó en la literatura y en el género fantástico con una obra que otros más experimentados soñarían escribir. El nombre del viento (2007) es el título de la primera entrega de la trilogía, que continúa con El temor de un hombre sabio (2011) y un tercer y último volumen cuyo nombre no ha sido confirmado hasta ahora.

Rothfuss hasta la publicación de El nombre… trabajaba como docente de literatura y lengua inglesa en una universidad de su país. Habiendo ganado el Premio Pluma por esta primera obra, pudo dedicarse por completo a la escritura. No sorprende el galardón, la crítica lo ha comparado su talento con genios de la épica fantástica como Tolkien, Ursula Le Guin y George R. R. Martin y con razón. Y es importante que se compare el talento y no la escritura, porque el norteamericano creó algo original dentro de un género complejo.

Sí, la acción sucede en un ambiente medieval. Sí, hay magia. Sí, hay dragones (aunque se llaman draccus, porque los dragones todos sabemos que no existen). Tenemos un héroe improbable. Enemigos. Demonios. Cumple todos los ítems del check list y aún así es original. El estilo, la química particular de cada escritor, es lo más novedoso. La forma de contar, el tempo, sus palabras escogidas y, en especial, la ruptura del acuerdo tácito de suspensión de la realidad por la irrupción de frases como “eso es rocambolesco” o “entre pitos y flautas” (tendría que buscar la cita, pero juro que lo leí).

Algunos autores crean de tal modo su universo fantástico que abandonan su persona real y se sumergen en frases en élfico o se arropan con las alfombras de Myr. Rothfuss, por su parte, es el escritor que escribe y cautiva y engancha y, como en un guiño, cuenta las cosas como un cuentista de posada. Al menos, así lo veo yo.

 En cuanto al argumento, se cuenta la historia de Kvothe, artista itinerante, músico, alumno de la Universidad, héroe y asesino. Hay dos líneas de relato, una en la que Kvothe relata su historia a Cronista –el presente narrativo– y otra el relato propiamente dicho. El pelirrojo protagonista, escondido en un pueblo sin nombre de sus enemigos bajo la fachada de posadero, accede a dejar por escrito sus aventuras a cambio de que el escribiente permanezca con él tres días, que es lo que le llevará contar su historia. El nombre del viento cubre el primer día, donde cuenta desde su infancia hasta sus primeros tiempos en la Universidad.

¿Un policial dramático? ¿Un drama policial? No sé bien de qué se trata

30 Ago

La novela de Claudia Piñeiro, Las viudas de los jueves (2005) ha sido aclamada por la crítica, galardonada con el Premio Clarín Novela, loada por uno de mis escritores favoritos como lo es José Saramago y, sin embargo, no me generó absolutamente nada. Empezada en el bondi y terminada en un par de horas de lectura tranquila, me enganchó el primer capítulo con un interés que decreció constantemente hasta llegar al final. Fue de esos libros que he leído con premura más que nada para sacármelos de encima, rápido como una curita, así disgusta menos, digamos.

Arranca con la misteriosa muerte de tres vecinos del countrie Altos de la Cascada, quienes aparecen ahogados en la pileta de uno de ellos, mientras un cuarto socio los observa desde su terraza. A partir de ahí, con la ruptura de la ilusión de seguridad que vivir tras los muros del barrio cerrado proporciona, comienza un flashback coral mediante el que, principalmente, Mavi Guevara y otras voces reconstruyen el modo de vida de los propietarios de casas en estos complejos y su decadencia en la medida que se acercaba la crisis del 2001 en la Argentina.

Se le atribuye a Las viudas lucidez, “ferocidad” (el entrecomillado es mío) y la potestad de ser el testimonio narrativo de la debacle del sector más privilegiado de la Argentina, en la medida en que el paso del tiempo (y las crisis locales y foráneas) sacuden los cimientos de esa clase. Es así que el mentado policial del primer capítulo muta en un drama, o bien en lo que los personajes conceptualizan como tal.

El intento de Piñeiro es interesante, no obstante, el relato resulta artificial. Los conceptos, la semántica, los valores son el verdadero atractivo de la narración. ¿Cómo se construye la identidad de quien habita el country? Si bien podemos entrever el complicado sistema de relaciones que da estabilidad al ghetto, se asemeja más bien a una fantasía sociológica. Pretende ser una observación analítica, pero se queda en la línea de salida.

En síntesis, la muerte del primer capítulo es una excusa y la resolución de ese misterio se convierte en absolutamente previsible. Los eventos extrínsecos e intrínsicos que llevan a hasta ese punto de inflexión (aunque me arriesgo a decir que la muerte es sólo una consecuencia, el quiebre es previo) son poco atractivos. Los personajes no generan afectos. Es un relato bastante chato. Quizás no sea malo del todo, quizás exagero en mi consideración. Cada uno tendrá su criterio. Así y todo, derecho a no recomendados.

La imagen que ilustra esta entrada corresponde a la adaptación en fílmico dirigida por Marcelo Piñeyro. Quienes la vieron, recomiendan su versión escrita. ¿Algún valiente por ahí?

Debut oriental: Tokio Blues (Norwegian Wood) de Haruki Murakami

15 Ago

¿Cómo no leer con ilusión un libro que encierra entre paréntesis una de mis canciones favoritas de una de mis bandas favoritas? Pese a que mi experiencia con el Lejano Oriente en cuestiones de arte es prácticamente nula (el cine no me gusta, en literatura sólo leí a Kenzaburo Oè) o bien mediatizada por expatriados como Lisa See, me metí de cabeza en Tokio Blues (1987) de Haruki Murakami, el autor que hace furor entre los adultos jóvenes de todo el mundo.

Los grandes temas que trata el libro son la pérdida y la sexualidad, experimentados desde la narración del protagonista, Toru Watanabe. Empieza con un flashback, donde un Watanabe adulto oye en un avión Norwegian Wood (de los Beatles, por si algún perdido no conoce este maravilloso tema), a partir del que comienza a recordar su juventud y las personas que formaron parte de esa etapa de su vida. Ambientada en los años sesenta, la acción tiene de fondo un Japón en el que los estudiantes japoneses se levantan contra el orden establecido.

Pero no Watanabe, quien considera que ese movimiento rebelde es pusilánime e idiota. El protagonista recuerda un poco a Holden Caulfield, su par de El guardián entre el centeno (1951) escrita por J. D. Sallinger. De hecho, el furor que Tokio causó entre los jóvenes japoneses es similar al revuelo que provocó entre los norteamericanos. Las similaritudes, aunque las historias son radicalmente diferentes, pasan más bien por la forma en que enfrentan a la sociedad, a lo establecido y la compulsión que tienen a preservar a las personas bellas. Como Naoko, su amiga de la adolescencia, quien tiene problemas psicológicos y de adaptación y novia de su mejor amigo, Kizuki, quien se suicidó sin dejar ninguna explicación a los 17 años.

Como decía al principio, la pérdida, la muerte, es uno de los grandes temas del libro. El suicidio en edades tempranas es una causa de deceso muy común en el país y quizás eso haya motivado a Murakami a relatar la experiencia de los que sobreviven a sus pares. No se trata sólo del paso a la vida adulta, sino de la madurez que aparece luego de transitar el largo y difícil camino del duelo. A este crecimiento del personaje se le suma una capacidad sensitiva estremecedora, ya sea que se demuestre a través de empatía con otros personajes o bien en la percepción del mundo que lo rodea. Todo teñido por el color de la tristeza, que no se cura ni se marcha, se sobrelleva lo mejor que se puede.

La sexualidad, la segunda columna de la arquitectura de la novela, se expresa a través del deseo juvenil masculino y una cierta subrogación del rol femenino, cosificado, siendo el objetivo de satisfacer al hombre lo principal y hecho hábito por las protagonistas mismas. Naoko ocupa este lugar fehacientemente pero es Midori, la compañera de universidad de Watanabe, quien lo desestabiliza a través de su discurso procaz y actitud desafiante. Como dice en la página 232: “Pero, aunque sea una vez, ¿me incluirás a mí en tus fantasías sexuales o en tus obsesiones? Me gustaría aparecer. Te lo pido como amiga. ¡Vamos! Esto a otro no se lo pediría. Esta noche, cuando te masturbes, piensa en mí. No puedo decírselo a cualquiera. Pero tú eres un amigo. Y luego quiero que me cuentes cómo ha ido. Pero nada de penetración, ¿eh? Somos amigos”.

Claro que esta cita no es toda la novela, no cubre más que la superficie de un personaje de esos que se adoran o se odian, como es Midori. Creo que no es fácil reseñar o recomendar la lectura de este título. La calidad de la escritura es impecable y pasa de la tinta y el papel a experimentarse en la piel, en el medio del pecho, en la boca del estómago. Pienso que lo disfrutarían los melancólicos, los que han perdido a alguien o algo, los nostálgicos, los que tengan la capacidad de sumergirse en la lectura como si estuvieran ellos mismos protagonizando la historia.

No me gusta el realismo mágico

30 Jul

Una afirmación bastante taxativa, cierto. Quizás debiera morigerar la expresión y decir que ciertos autores se toman muy a pecho el estilo y sus obras me agotan y aburren. A la larga, las creaciones de Isabel Allende me han resultado tediosas y lo original de su creación pasó a ser repetitivo, ilógico (ok, es parte de la composición esa ausencia de correlato con lo real pero, vamos….) y poco atractivo. Sin embargo, no ha sido tras la lectura de algún libro de la chilena que llegué a esta conclusión apresurada, sino gracias a La mujer habitada (1988), primera novela de la nicaragüense Gioconda Belli.

Mientras me dediqué a la ardua tarea de completar las casi trescientas páginas del volumen, pensé que menos mal que no había arrancado con Gioconda a partir de este título, ya que me hubiera perdido de disfrutar (mucho) sus otras joyas como El país bajo mi piel, memorias de amor y de guerra (2001), El pergamino de la seducción (2005) y El infinito en la palma de la mano (2008).

La mujer habitada es la historia de Lavinia, una arquitecta de clase aristocrática, rebelde y feminista, quien es interpelada por la realidad política de Faguas para reconocer y combatir las condiciones de vida bajo la dictadura del Gran General. Al mismo tiempo, parte del relato pertenece a Itzá, quien rememora la lucha contra los conquistadores mientras vive a través de un naranjo y, por su fruto, pasa al cuerpo de la joven Lavinia y vive con ella el nacimiento a la militancia en el movimiento. No obstante, no todo es política, sino que hay una historia de amor con Felipe, un compañero de trabajo, quien intempestivamente irrumpe en el hábitat de la protagonista con su militancia, aunque trata de mantenerla fuera de ella por causa de su propia contradicción machista.

El argumento no parte de premisas erróneas ni reprobables. La perspectiva de la autora es interesante. Entonces, ¿dónde fracasa? A mi criterio, en la escritura. El estilo resulta denso, lleno de vueltas y recovecos, donde basta una palabra, hay cien. Figuras retóricas que navegan entre lo cursi y lo absurdo. Diálogos inverosímiles, rebuscados, alejados por millas de lo coloquial y los que podemos imaginar como personajes reales. Si hay un pecado en la primera novela de Belli, es ser demasiado pretenciosa. Querer meter en un solo libro todos los recursos del subgénero, todos los floreos del lenguaje, toda la investigación sobre feminismo, marginalidad y, quizás, hasta todas las revistas Cosmopolitan.

Belli se destaca por ser una autora que trabaja con mucha seriedad y compromiso los temas que aborda y, al momento de plasmarlos en una historia, dosifica la lírica y el grado cero del lenguaje con maestría. No es el caso de La mujer habitada, a la que calificaría como una obra de excesos y, además, previsible de cabo a rabo. En el lado positivo, los sucesos del libro son capaces de conmover (si lo que se busca es emoción y lágrima fácil), aunque resulta algo patético –ver definición de la RAE-.

Como final, no encontré más que críticas positivas sobre este libro en particular. Me provoca ciertas dudas haberlo experimentado de este modo. No obstante, soy una persona a la que no le gusta Borges. Claro que hablar de Borges y Belli en una misma oración es como hablar de tomates y lamparitas. Además, los motivos son distintos en cada caso. Pero lo importante es que el gozo estético y el placer es algo subjetivo y, después de todo, es más que suficiente para legitimar la experiencia.

Una cavilación sobre los vampiros que brillan

21 Jul

La saga Crepúsculo (2005) de la escritora norteamericana Stephenie Meyer es, sin lugar a dudas, la historia de vampiros más resistida de la historia y, a la vez, la más amada por los adolescentes alrededor del mundo. No sólo ha sido un producto editorial de éxito rotundo a nivel global, sino también dio lugar a una franquicia cinematográfica que elevó al estrellato a los jóvenes Kirsten Stewart, Robert Pattinson y Taylor Lautner.

Escenario de antagonismos entre hombres lobo y vampiros, el acento suele posarse en el hecho de que la autora reinventó el mito del Conde Drácula y es, quizás, su mayor atributo. Porque ya no hay ataúdes para escapar a la luz del día, ni ristras de ajo, ni crucifijos. Los vampiros de Meyer no duermen, tienen cuerpos duros, ágiles y atléticos, se alimentan de sangre de animales para no matar (los buenos, al menos) e incluso tienen trabajos y asisten a la escuela donde se produce el encuentro entre Bella y Edward. Ah, y brillan. Sí, cuando la piel refleja la luz solar, se convierte en una superficie cubierta de glitter, cual jovencita bolichera.

Para los amantes del subgénero vampírico, la transgresión ha sido superlativa. Del Drácula original de Bram Stocker al Lestat de Anne Rice, la distancia no es tan grave ni ominosa. Los vampiros, en el imaginario, son una especie seductora, pero vil. Representan la manzana prohibida que ilustra la tapa del primer libro de la saga, sin embargo, jamás se los presenta como los buenos de la película (a excepción del joven Louis, de Anne Rice, y con reservas). Después de todo, están muertos y sedientos de sangre. ¿No? Pero los Cullen –la familia de Edward– son buena gente, los malos son otros, los de la mafia vampírica italiana y así se construye la retórica del bien y del mal, más allá de las tribulaciones de una apática Bella sobre si convertirse en inmortal por su amado o no.

Controversial, así dije en un principio. Literatura barata, masiva, con un formato bastante estandarizado y volúmenes gordos en cada secuela como para que se sigan llenando las arcas. Ahora me pregunto: ¿qué tanto daño hace Crepúsculo a la literatura y a los adolescentes? Pienso que una obra que acerca a los jóvenes a la lectura, aunque el material no sea el mejor, es positiva. Más aún teniendo en cuenta que los adolescentes hoy no son propensos a este placer que no sólo es bello, sino edificante y educativo. ¿Cómo se puede educar con literatura de masas? Estimula el pensamiento, la memoria, se internalizan normas gramaticales y ayuda a mejorar la concentración. En estos momentos donde lo preeminente es el hipertexto, la linealidad de la experiencia lectora explota una capacidad que no es muy estimulada hoy.

Los cuatro libros que forman la serie no son, por sí mismos, un ejemplo a seguir ni el puntapié ideal para activar el motor lector. No obstante, abren el panorama y la posibilidad de otras historias de germinar entre el público adolescente. Así, productos como Los juegos del hambre (2008) pueden meterse en la cola del cometa que deja Meyer y, ya con un contenido más politizado y complejo, insertarse en una audiencia difícil de captar y dar continuidad entre los más jóvenes al hermoso hábito de la lectura.

No recomendado: La pifia de Jorge Fernández Díaz

15 Jul

Hace unos meses, la Revista La Nación que viene con el diario los domingos recomendó el último libro de su secretario de redacción, Las mujeres más solas del mundo (2012). Leí el avance que publicaron, la historia de una reclusa que en su estadía tras las rejas había leído más de doce mil libros y que ya no tenía interés en recuperar la libertad, y me tenté con la compra. También sustentaba la impulsividad el haber leído otro de sus títulos, Mamá (2002), excelente relato sobre la vida de su propia madre y La segunda vida de las flores (2009), protagonizada por el recurrente Fernández, el periodista escéptico y alter ego del escritor. Tengo la duda (y la memoria averiada) sobre si leí o no Fernández (2006). Estimo que sí, pero por si las moscas, lo dejamos en suspenso.

En fin, como dice el cantautor español nos sobran los motivos, así que con avance y retrospectiva, adquirir el conjunto de relatos del periodista se perfilaba como una experiencia segura. No obstante, la literatura pocas veces tiene garantías y hasta autores que siempre nos resultaron gratos pueden tener un traspié. Me ha sucedido con García Márquez, ¿cómo podía esquivar Fernández Díaz esa posibilidad?

Resulta que Las mujeres más solas del mundo no se trataba tan sólo de mujeres ni tampoco de mujeres solas. Dividido en dos partes, la primera se llama Mujeres y comedias y, a decir verdad, creo que lo único que verdaderamente disfruté fue el mismo texto que leí en la revista antes de comprar el libro. Las comedias: bien, gracias. La segunda es Crónicas, un palimpesto de textos más cercanos al periodismo que a la narrativa, compuesto no sólo por crónicas, sino también por biografías y notas de color. Si hay algo en lo que tiene coherencia, es en no dar importancia a la concordancia entre título y contenido. No lo remarco porque tenga que existir una correspondencia punto a punto, sino porque es un ítem más a la lista de “no me gusta” sobre esta obra particular.

El atractivo de Fernández Díaz, al igual que Eduardo Saccheri en mi opinión, reside en el modo que tienen de escribir nuestra cotidianeidad, personajes y cosas de nuestra idiosincrasia, el ser bien argento que componen en sus escritos. Más allá de no estar conforme con Las mujeres…, ambos están en mi podio de favoritos de la escena local. Pero el periodista me falló en este conjunto de historias sin remate, que no dejan estela, que no invitan a la reflexión. De hecho, lo único que pude sentir tras la lectura fue un vacío importante y una desazón muy amarga porque esperaba mucho más de quien me hizo emocionar hasta las lágrimas con Mamá.

Algo que siempre disfruto de los periodistas escritores es la economía de lenguaje, la capacidad de hacer arte con… eficiencia, por ponerle una palabra a ese oficio de construir oraciones sin una coma de más. Pero se quedó corto, le faltaron palabras, tonalidades, acentos y así se construyó, para mí, la primera pifia de Jorge Fernández Díaz.

Dos y lo mismo

29 Jun

Nada más difícil que escribir sobre una obra que provoca nada más que admiración. ¿Cómo atreverse a comentar lo que por sí mismo habla y se legitima? Así me encuentro frente a la pantalla en blanco, intentando dar forma a mi opinión sobre El hombre duplicado (2002) del escritor portugués José Saramago, Nobel incluido.

Tertuliano Máximo Afonso, ¿el? protagonista de la novela, se encuentra con que existe un actor que es su exacto duplicado, hasta en las cicatrices que porta en su brazo y rodilla. A partir de ahí, comienza la búsqueda de ese otro que es él mismo y la trama toma un divertido cariz detectivesco.

La investigación de Tertuliano es, quizá, lo que agiliza más el relato. Tras ver a su duplicado en un film que le recomienda un colega, la primera parte discurre con toda la agilidad que el estilo del escritor permite en esta búsqueda. Una de las estrategias discursivas que más disfruté fue la irrupción de la voz del narrador exponiendo el carácter ficcional de la historia, aclarando que él ya sabe cómo termina, pero sin dejar de mantener el contrato de lectura. Sin embargo, en algunos pasajes más intrigantes, reconozco que sentí ganas de callar esa voz disruptiva.

Saramago tiene la peculiaridad de romper con las convenciones de escritura: la escasez de puntos y aparte, la desaparición en párrafos eternos de las líneas de diálogo y una cadencia lenta hacen que la lectura deba ser, por obligación y por necesidad, a conciencia. Regresando a las oraciones una y otra vez, examinando los sintagmas, descubriendo en esa ruptura metalingüística cuestionamientos profundos y filosóficos sobre la vida y sus facetas: el amor, la profesión, el humor, la identidad y, por debajo de todas estas preguntas, la más intrigante: ¿qué es lo real?

Este autor no es un tipo fácil, es posible que más de una vez sientan que un libro no merece tanto esfuerzo. Quizás hay que tener cierto entrenamiento y haber pasado por volúmenes de complejidad menor hasta llegar a él. No obstante, en esta, una de sus mejores novelas, vale la pena dar un salto de fe.

Breves: Mujeres del mundo

28 Jun

De lo menos a lo más, libros que cuentan historias de mujeres en distintos lugares del mundo.

Las mujeres inglesas destrozan los tacones al andar (2007) de Almudena Solana. Probablemente, el peor libro que leí en mi vida. La segunda obra de esta escritora española residente en Inglaterra es una muestra excelente de mala literatura. Me atrevo a decir que está mal escrito, que cuesta descifrar qué quiere decir, no por un espíritu lúdico, a menos que destrozar el lenguaje sea un divertimento. El colofón promete, pero no retribuye. En la web podrán encontrar sinopsis, algunas críticas favorables y demás datos sobre este título. Me limito a decir un NO rotundo a esta obra.

Comer, rezar, amar (2009)  de Elizabeth Gilbert. Novela de fama mundial, tras la filmación de la película homónima protagonizada por Julia Roberts y Javier Bardem. Se trata de la historia de una mujer en medio de la crisis de los treinta que va a hacer a Italia lo primero, a India lo segundo y a Bali lo tercero. Mi mayor problema con la novela fue que, por un lado, no soy la persona más espiritual del mundo y, por otro, el estilo de Gilbert me parece totalmente desechable. Por una vez, el film fue mejor que el libro (y ni siquiera pasa de regular). ¡Imagínense!

Camino a casa (2000) del islandés Ólafur Ólafsson, que no estuvo ni bien ni mal. La historia trata sobre una islandesa que habita en Inglaterra, se entera que se va a morir y decide volver a su país natal después de muchos años. Le reconozco el mérito de jugar con la temporalidad, viajando entre diferentes pasados y alternando con el presente, como si en verdad de recuerdos se tratase. Dato-yapa: Ólafsson es presidente de Time Warner y ha trabajado en Sony durante varios años.

Chicas de Riad (2007) de Rajaa Alsanea. Una perspectiva del amor y la vida de cuatro mujeres jóvenes en la capital del Reino de Arabia Saudí. En su contratapa dice algo así como “Sexo en la ciudad versión saudí” y tiene un poco de ello. Fue escrito por una joven de 25 años que sacudió a su convencional sociedad mediante la confesión de las transgresiones de las saudíes, con la esperanza de poder modernizar el país que ama. Muy interesante.

Dos chicas de Shanghai (2010) de Lisa See. Conmovedora historia de dos hermanas, niñas mimadas de la sociedad china en el tiempo que Shangai era la París asiática, quienes tras los bombardeos japoneses deben emprender un largo viaje a California, donde las espera una vida sin comodidades en una Chinatown que está naciendo. La autora tiene una prosa deliciosa, bella y atrapante que invita a seguir y seguir y seguir leyendo. Prometo, más adelante, reseñar El abanico de seda (2005), la mejor obra de la autora hasta el momento. El pabellón de las peonias (2008) se los debo, no fue de mi agrado.

Mil soles espléndidos (2007) de Khaled Hosseini. Impresionante libro que cuenta la vida de dos mujeres afganas, desde mediados de siglo XX hasta la era talibán. Leer este libro en sintonía con Chicas de Riad comprueba el abanico de matices en las culturas islámicas. Me llamó mucho la atención que fuera un hombre quien pudiera retratar de mejor manera el espíritu y el padecimiento de las mujeres en Afganistán, la hipocresía de los hombres, los esfuerzos por sobrevivir en un país donde ser mujer es un crimen por sí mismo. Merece más que este breve párrafo, de hecho, la mejor crítica es una invitación a leerlo.

Esta ha sido una mini revisión de algunos títulos con protagonistas femeninas, aptos para todo público, sin distinción de género. Los tres últimos libros son más que narrativas sobre mujeres, representan una puerta de acceso a culturas-otras de la occidental, por lo que los interesados en relatos fieles al contexto histórico-cultural hallarán un muy buen entretenimiento.

La amistad de la palabra y la imagen

21 Jun

Oliverio Girondo (1891-1967) fue un poeta argentino. En realidad, delimitar su ser a esas dos palabras es no ser justo con lo que Girondo legó a la expresión poética. Por el momento, convengamos en que, en efecto, fue un poeta y, además, nació en suelo argentino.

 Oliverio, como le decimos los amigos, tomó el lenguaje, las convenciones literarias y con toda su energía las estrelló contra un papel para darles una nueva significación. Palabras que se dividen, palabras que se funden para crear superpalabras, sentidos polivalentes, inestables, fragmentados; Girondo en su libro más notable En la masmédula (1953) dejó fluir su esencia carente de estructuras, o bien, con estructuras novas que discuten a la literatura tradicional.

 Hoy, nos toca un caligrama que forma parte del libro Espantapájaros (al alcance de todos)  de 1932. Un caligrama es un poema, frase o palabra que se vale de la tipografía para dar forma a una imagen visual. Simplificando, es un dibujo con letras. El mayor referente de este tipo textual es el poeta cubista Apollinaire. De hecho, los caligramas se vinculan con las vanguardias de principios del siglo XX, que fuesen adalides de la ruptura con la concepción clásica de la lírica.

Yo no sé nada toma la figura del espantapájaros protagonista del libro. El juego figurativo arranca con la declaración de ignorancia general en la cabeza, llena de paja, del espantapájaros. El cuerpo, una serie de preguntas, dudas y casi afirmaciones de un poeta que forma parte de una vanguardia estética que rompe deliberadamente con lo anterior. Una juventud de entreguerras que toma un mundo partido y lo deforma hasta que se pierde y emerge como un mundo otro. Finalmente, en las piernas, el cantar de las ranas que suben y bajan y buscan allí y buscan acá para recuperar el sentido.

De yapa, una versión en video del poema:

Una ficción sobre el Edén y las inquietudes fundamentales del ser humano

21 Jun

Tras el intento fracasado de leer El evangelio según Jesucristo (1991) del ganador del Premio Nobel, José Saramago, decidí volver a animarme a la ficción bíblica con el libro El infinito en la palma de la mano (2008) de la nicaragüense Gioconda Belli. Habiendo disfrutado de sus novelas con anterioridad, me pareció que se trataba de un buen camino de entrada a este tipo de relatos, ya que el portugués tiene un estilo bastante difícil de seguir.

La novela, según cuenta la autora en el prólogo, es el fruto de una investigación profunda y consciente, en la que Belli descubrió que en la Biblia, el relato sobre Adán y Eva ocupa apenas cuarenta versículos del Génesis. Sin embargo, pudo recurrir a versiones apócrifas de la historia que le sirvieron como base para su narración. Estas fuentes son: los Libros de Enoch, el Apocalipsis de Baruk, El Libro Perdido de Noé, los Evangelios de Nicodemo y los Libros de Adán y Eva, que incluían: Las vidas de Adán y Eva, el Apocalipsis de Moisés y el libro Eslavónico de Eva.

La elección del tema no es sino atrevida y peligrosa. Como bien comprobó Saramago, escribir sobre el texto canónico de la creación, puede incomodar a los sectores más conservadores de su público. No obstante, el tratamiento brindado a tan controversial temática a lo largo de las páginas se excede en belleza y cuidado, en el que quizás sea el mejor ejemplo de escritura de la centroamericana.

El libro, en su primera parte, aborda los temas fundamentales de la humanidad: el amor, la sexualidad, el deseo inherente a la especie humana a romper reglas, al poder, al conocimiento. Adán y Eva se encuentran en el paraíso, donde todas las frutas son dulces, donde no hay hambre, los animales son sus amigos, el clima es amigable; no obstante, quizás en un desvío freudiano, la rebelión hacia Elokim (el creador en el relato) encuentra su lugar y así caen en la tentación de probar el fruto prohibido.

La segunda parte, Creced y multiplicaos, versa sobre los devenires de la pareja original y su descendencia en un mundo hostil donde deben buscar su sustento, afrontar las inclemencias del clima y, además, donde crece la enemistad entre su progenie que deriva en un acto de traición.

La historia sigue un recorrido lineal, tal como es conocida ampliamente. Sin embargo, el hecho fundamental de tomar la fruta prohibida del árbol del conocimiento es presentado en toda su complejidad. No como una rebeldía pueril, sino como la encrucijada en la que la especie humana se encuentra ante la pregunta sobre su propia esencia y su libertad, nunca respondida por completo. “El conocimiento, pensó Eva, no era la luz que ella imaginó abriría de pronto su entendimiento, sino una lenta revelación, una sucesión de sueños e intuiciones acumulándose en un sitio anterior a las palabras; era la queda intimidad que crecía entre ella y su cuerpo” (p. 98)

La narración, si bien omnisciente, está encarada desde la perspectiva humana, con especial atención al relato de Eva. Lo maravilloso de este enfoque radica en la forma que asistimos a la experiencia que los primeros humanos tuvieron sobre sí mismos. “Adán, ¿dónde vamos cuando dormimos?”, pregunta Eva. Todo aquello que nos cuestionamos alguna vez, aparece aquí estructurado en forma de paulatino conocimiento, cándida revelación. Del mismo modo, la construcción de la experiencia de la gestación de los hijos, la sorpresa ante los cambios del cuerpo, el descubrimiento del dolor del parto, son acontecimientos descriptos con tal inocencia y preocupación que es posible trasladarse a la piel de Adán y Eva.

El infinito en la palma de la mano ha sido galardonado, con justicia, con el Premio Biblioteca Breve Seix Barral (2008) y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (2008).

Sobre la imagen que ilustra esta entrada:

Wenzel Peter
(Karlsbad 1745 – Rome 1829)
Adam and Eve in the Garden of Eden
oil on canvas
cm. 336 x 247

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