Dos y lo mismo

29 Jun

Nada más difícil que escribir sobre una obra que provoca nada más que admiración. ¿Cómo atreverse a comentar lo que por sí mismo habla y se legitima? Así me encuentro frente a la pantalla en blanco, intentando dar forma a mi opinión sobre El hombre duplicado (2002) del escritor portugués José Saramago, Nobel incluido.

Tertuliano Máximo Afonso, ¿el? protagonista de la novela, se encuentra con que existe un actor que es su exacto duplicado, hasta en las cicatrices que porta en su brazo y rodilla. A partir de ahí, comienza la búsqueda de ese otro que es él mismo y la trama toma un divertido cariz detectivesco.

La investigación de Tertuliano es, quizá, lo que agiliza más el relato. Tras ver a su duplicado en un film que le recomienda un colega, la primera parte discurre con toda la agilidad que el estilo del escritor permite en esta búsqueda. Una de las estrategias discursivas que más disfruté fue la irrupción de la voz del narrador exponiendo el carácter ficcional de la historia, aclarando que él ya sabe cómo termina, pero sin dejar de mantener el contrato de lectura. Sin embargo, en algunos pasajes más intrigantes, reconozco que sentí ganas de callar esa voz disruptiva.

Saramago tiene la peculiaridad de romper con las convenciones de escritura: la escasez de puntos y aparte, la desaparición en párrafos eternos de las líneas de diálogo y una cadencia lenta hacen que la lectura deba ser, por obligación y por necesidad, a conciencia. Regresando a las oraciones una y otra vez, examinando los sintagmas, descubriendo en esa ruptura metalingüística cuestionamientos profundos y filosóficos sobre la vida y sus facetas: el amor, la profesión, el humor, la identidad y, por debajo de todas estas preguntas, la más intrigante: ¿qué es lo real?

Este autor no es un tipo fácil, es posible que más de una vez sientan que un libro no merece tanto esfuerzo. Quizás hay que tener cierto entrenamiento y haber pasado por volúmenes de complejidad menor hasta llegar a él. No obstante, en esta, una de sus mejores novelas, vale la pena dar un salto de fe.

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