Una ficción sobre el Edén y las inquietudes fundamentales del ser humano

21 Jun

Tras el intento fracasado de leer El evangelio según Jesucristo (1991) del ganador del Premio Nobel, José Saramago, decidí volver a animarme a la ficción bíblica con el libro El infinito en la palma de la mano (2008) de la nicaragüense Gioconda Belli. Habiendo disfrutado de sus novelas con anterioridad, me pareció que se trataba de un buen camino de entrada a este tipo de relatos, ya que el portugués tiene un estilo bastante difícil de seguir.

La novela, según cuenta la autora en el prólogo, es el fruto de una investigación profunda y consciente, en la que Belli descubrió que en la Biblia, el relato sobre Adán y Eva ocupa apenas cuarenta versículos del Génesis. Sin embargo, pudo recurrir a versiones apócrifas de la historia que le sirvieron como base para su narración. Estas fuentes son: los Libros de Enoch, el Apocalipsis de Baruk, El Libro Perdido de Noé, los Evangelios de Nicodemo y los Libros de Adán y Eva, que incluían: Las vidas de Adán y Eva, el Apocalipsis de Moisés y el libro Eslavónico de Eva.

La elección del tema no es sino atrevida y peligrosa. Como bien comprobó Saramago, escribir sobre el texto canónico de la creación, puede incomodar a los sectores más conservadores de su público. No obstante, el tratamiento brindado a tan controversial temática a lo largo de las páginas se excede en belleza y cuidado, en el que quizás sea el mejor ejemplo de escritura de la centroamericana.

El libro, en su primera parte, aborda los temas fundamentales de la humanidad: el amor, la sexualidad, el deseo inherente a la especie humana a romper reglas, al poder, al conocimiento. Adán y Eva se encuentran en el paraíso, donde todas las frutas son dulces, donde no hay hambre, los animales son sus amigos, el clima es amigable; no obstante, quizás en un desvío freudiano, la rebelión hacia Elokim (el creador en el relato) encuentra su lugar y así caen en la tentación de probar el fruto prohibido.

La segunda parte, Creced y multiplicaos, versa sobre los devenires de la pareja original y su descendencia en un mundo hostil donde deben buscar su sustento, afrontar las inclemencias del clima y, además, donde crece la enemistad entre su progenie que deriva en un acto de traición.

La historia sigue un recorrido lineal, tal como es conocida ampliamente. Sin embargo, el hecho fundamental de tomar la fruta prohibida del árbol del conocimiento es presentado en toda su complejidad. No como una rebeldía pueril, sino como la encrucijada en la que la especie humana se encuentra ante la pregunta sobre su propia esencia y su libertad, nunca respondida por completo. “El conocimiento, pensó Eva, no era la luz que ella imaginó abriría de pronto su entendimiento, sino una lenta revelación, una sucesión de sueños e intuiciones acumulándose en un sitio anterior a las palabras; era la queda intimidad que crecía entre ella y su cuerpo” (p. 98)

La narración, si bien omnisciente, está encarada desde la perspectiva humana, con especial atención al relato de Eva. Lo maravilloso de este enfoque radica en la forma que asistimos a la experiencia que los primeros humanos tuvieron sobre sí mismos. “Adán, ¿dónde vamos cuando dormimos?”, pregunta Eva. Todo aquello que nos cuestionamos alguna vez, aparece aquí estructurado en forma de paulatino conocimiento, cándida revelación. Del mismo modo, la construcción de la experiencia de la gestación de los hijos, la sorpresa ante los cambios del cuerpo, el descubrimiento del dolor del parto, son acontecimientos descriptos con tal inocencia y preocupación que es posible trasladarse a la piel de Adán y Eva.

El infinito en la palma de la mano ha sido galardonado, con justicia, con el Premio Biblioteca Breve Seix Barral (2008) y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (2008).

Sobre la imagen que ilustra esta entrada:

Wenzel Peter
(Karlsbad 1745 – Rome 1829)
Adam and Eve in the Garden of Eden
oil on canvas
cm. 336 x 247

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