Alfredo, el peruano que no es el escribidor

10 Jun

Cuando mi mamá trabajaba en el Microcentro, tenía la genial manía de ir a las librerías de la avenida Corrientes a hurgar en las mesas y hallar, con su inefable olfato, joyitas literarias a precio de bolsillo. Siempre me sorprendió esa capacidad tan suya de hacer rendir el peso, cosa que hasta hoy no puedo emular del todo.

La historia es que de esas mesas de saldos de librerías en constante amenaza de “liquidación por cierre”, salió la fantástica novela Un mundo para Julius (1970) del escritor limeño Alfredo Bryce Echenique. Confieso que le tenía algo de idea, mi madre hablaba maravillas sobre el sentido del humor del libro, pero estaba en una etapa europea de lectura, al tiempo que más científico-social y, eso, elitista del subdesarrollo.

La cosa es que en algún momento me metí en ese mundo reservado para Julius y me dieron ganas de decirle: “Ey, Alfredo, ¿no me inventás un mundo para mí?”. Pasó el tiempo, bajó el eurocentrismo literario y me topé con  El huerto de mi amada (2002), obra excelentemente escrita, pero con personajes no tan entrañables y una historia que me recordó de mal agrado a Elogio de la madrastra (1988), del peruano que sí es escribidor. Así que para amigarme con Bryce me agarré los dos tomos de sus Antimemorias y a ver si lo puedo poner en mi podio de favoritos.

Tengo que aclarar que cuando leo, no sólo me concentro en la historia sino en la forma que está contada, esa increíble distancia entre los que son brillantes y yo. Esos tipos y tipas que agarran el mismísimo idioma que hablo a diario y lo convierten en una especie de lingote de oro, frente a mis baratijas de bronce y chapita. En fin, que cuando agarré Permiso para vivir (1993), empecé súper contenta y me desinflé a lo largo del camino y terminar Permiso para sentir (2005) fue un suplicio. No una desilusión de la forma, sino del contenido, que tampoco era feo ni aburrido, sino lejano a mis expectativas.

Una cree que, con los años, las caídas más o menos ruidosas de referentes periodísticos, musicales, artísticos, políticos, futbolísticos y demás focos que uno se pueda inventar, van a ser menos dolorosas y más cínicas. No obstante, debo decir que Alfredo me dio un poco de pena.  No sé qué esperaba, pero más allá de que se trata de un borracho con un problema de timidez grandísimo, quizás hasta ataques de pánico y, con seguridad, depresión; me dio la sensación de que todo en los dos volúmenes se reduce a decir de qué personaje célebre es o fue amigo y a qué chica linda conquistó.

Con este sabor rancio, hice lo que cualquier humano mediatizado haría: lo googleé. Y, ¡Madonna! ¿Por qué lo hice? Lo más valioso que encontré ahí fue que lo condenaron por el plagio de 16 artículos periodísticos y tuvo que pagar la friolera de 42 mil euros. También que en otra ocasión lo enjuiciaron por el mismo temita, pero desestimaron los cargos. Cuánta pena, Alfredo…

Aún así, fui hasta El Ateneo-Grand Splendid, y quise comprar alguna de sus viejas novelas tan aclamadas por la crítica como La vida exagerada de Martín Romaña (1981) o Tantas veces Pedro (1977). Y estaban a-go-ta-das. Sí , señores, porque capaz que no se le dan bien las notitas periodísticas, pero lo que es andar contando y enmarañando una historia por más de 300 páginas, el tipo es original y divertido. No por nada, y pese a todo, es el autor peruano más leído de la actualidad. Y eso que no tiene un Nobel.

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