Setenta acrílico treinta lana (2011)

2 Jun

El debut editorial de la veinteañera Viola di Grado no resulta fácil de valorar. La opinión de la crítica es unánime: impresionante ópera prima, increíble que la autora sea tan joven, la lírica es espectacular, etcétera, etcétera, etcétera. En mi caso, una lectora cualquiera, no me es tan sencillo llegar a una conclusión al respecto.

Mi primer encuentro con Viola fue a través de una nota en la revista La Nación, donde destacaban su juventud y majestuoso nivel, siempre valorado por sus cortos veintitrés años. El segundo, motivado por la recomendación de una amiga, casi obsesiva, destacando la oscuridad del relato, la obsesión de la protagonista, su prosa.

Entonces, lo compré.

Libro de bondi, sin dudas. Todos los días en el regreso a casa durante una semana, lo abrí, lo leí, me empapé de su destructiva personalidad y, en principio, me sentí identificada con su situación precaria. En realidad, con su interpretación de lo que rodeaba su vida, como si compartiéramos un mecanismo psicológico de enfrentarse a la realidad.

El consumo, los pares, la familia, los diferentes roles que debe representar un joven en la sociedad actual, la mediocridad (ese setenta acrílico tan áspero), la imposibilidad de acceder a donde uno debería estar porque el contexto no ayuda, todos aspectos tematizados de forma en la que yo me pude sentir a la par de Camelia, la protagonista.

Sin embargo, a medida que avanzó el relato, algo falló y la conexión quedó inextricablemente rota. En mi opinión, la espiral autodestructiva de Camelia fue demasiado lejos, alimentada por un constante resentimiento y su incapacidad de procesar y transformar lo que le tocó en la vida. Más allá de la fantasía literaria que obliga el acontecimiento de sucesos extraordinarios, puede ser la historia de muchos de nosotros.

Punto a favor, el estilo de Viola Di Grado, caracterizado por ella como surrealismo hiperrealista, engancha, no hay dudas. Excelente uso de las metáforas, frases memorables y que obligan a reflexionar, una historia que no deja de correr mientras las descripciones son profundas, crueles y descarnadas. Hay chances de que reincida en obras de esta autora. Después de todo, es joven y, por lo tanto, próxima al universo cultural en el que yo misma crecí, aunque distante en su ubicación espacial. Si hay algo que caracteriza a esta época, es que el espíritu global asimila las historias de los que crecimos en ella y, por alguno de sus puntos, nos hermana.

Una última nota. El final se anuncia en la contratapa del libro como sorprendente. Voy a ponerme en la piel de Sheldon Cooper por un momento y decir: “Excuse me, spoiler alert!”, ya está, me arruinaron el final con el anuncio de lo impredecible, bien ahí, todo el libro esperando lo sorprendente para llegar a un final que… bueno, no me shockeó, porque no podía terminar de otro modo.

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